LA PLATA DE LA NOCHE ACARICIA MI PIEL COMO EL SOL ACARICIA LOS CAMPOS DE PRIMAVERA Y ANHELO ESTAR PASEANDO DE TU MANO BAJO LA NOCHE ESTRELLADA DE LOS VERANIEGOS CIELOS DE MI SIERRA…(Charin Ruiz Ortiz)
Puede ser arte de una persona

Diana E. Martin Herrero

 Relacionado con Saturno y el mito de la Edad de Oro de la Humanidad, conservamos un precioso texto de Virgilio, de carácter un tanto profético. El aedo de Mantua escribió esta Égloga hacia el 40 a.C. , en un momento políticamente muy inestable para Roma y en ella se expresa la confianza en un futuro mejor, gracias al nacimiento de un niño especial. Este texto, de enorme belleza, ha sido considerado por algunos exégetas cristianos la premonición de una nueva Era. Ahí os dejo esta joya, acompañada de otra. Una escena pastoril de mano de Mariano Fortuny, por gentileza del archivo del Museo Nacional del Prado de Madrid. Que los disfrutéis, con los mejores deseos de paz y prosperidad siempre 🌿🌟🌿Publicación Diana E. Martín HerreroVIRGILIO. ÉGLOGA IV POLIÓN «¡ Más noble el canto, oh Musas de Sicilia! Alzadlo un poco, que no a todos placen los boscajes y humildes tamarices. Si las selvas cantamos, que de un cónsul no desdiga el cantar. La edad postrera ya llegó del oráculo de Cumas: nace entero el gran orden de los siglos; vuelve la Virgen ya, vuelve el reinado primero de Saturno, y al fin baja estirpe nueva desde el alto cielo. Sólo, casta Lucina, atiende amante al niño que nos nace, a cuyo influjo, muerta la edad de hierro, una áurea gente en todo el mundo va a surgir: Apolo, tu hermano, reina ya. Mas de este siglo la gloria ha de iniciarse mientras dure,Polión, tu consulado, y en tu tiempo su curso incoarán los grandes meses. Tuyo será el poder cuando los rastros, si algunos hay, de nuestro antiguo crimen, quedarán sin efecto, y a las tierras libertarán de su perpetua alarma. Recibirá vida divina el niño, verá a dioses mezclados con los héroes, a él mismo le verán en medio de ellos, que, puesto el orbe al fin en paz, lo rige con las virtudes de su padre. Entonces, para empezar, te ha de brindar, oh niño, sin cultivo la tierra sus presentes, la bacará, las hiedras trepadoras, la colocasia y el festivo acanto. Por sí las cabras con las ubres llenas volverán al redil; no tendrán miedo de los grandes leones las manadas; flores te verterá la misma cuna; muerta la sierpe, y muerta la ponzoña de la hierba engañosa, en todas partes veranse flores del asirio amomo. Mas cuando loas de los grandes héroes y hazañas de tu padre leer puedas y sepas qué es virtud, verás los campopoco a poco enrubiarse con espigas, y en uvas tintas frutecer las zarzas, y aljofarada miel sudar los robles. De la maldad antigua, sin embargo, vestigios quedarán que al hombre impelan a desafiar las ondas en sus naves, y amurallar las urbes, y con surcos los rastrojos abrir. Un nuevo Tifis no faltará, piloto de otra Argo para escogidos héroes; todavía surgirán guerras, y de nuevo a Troya habrá quien lance a un poderoso Aquiles. Mas cuando llegues a varón perfecto, renunciarán al mar los navegantes, no habrá barco que trueque mercancías, producirán todas las tierras todo. No se ha de hundir la azada ya en los campos, ni en las vides la hoz; ya sus toretes desuncirá el recio gañán. La lana no querrá ya mentir varios colores. Por sí mismo el morueco en los pradales mudará su vellón en clara púrpura o en amarilla gualda, y los corderos al pastar teñiranse de escarlata. «¡Pronto hilad tales siglos!» repetíana sus husos las Parcas, de concierto con el fallo inmutable de los Hados. A los grandes honores adelántate, – tu tiempo llega ya -, divino vastago, incremento magnífico de Jove. Al mundo mira gravitar al peso de la celeste bóveda, las tierras, los mares, las honduras de los cielos: todo ¡ mira! de gozo se estremece ante el siglo que llega. ¡ Oh que hasta entonces alcanzara el ocaso de mi vida con voz e inspiración para cantarte! Mi canto no venciera el tracio Orfeo, no lo venciera Lino, aunque acudiesen padre y madre divinos a asistirles, a Orfeo Caliopea, a Lino Apolo. Si me retase Pan, y toda Arcadia estuviese de juez, Arcadia toda a Pan le sentenciara de vencido. Con tu sonrisa a conocer empieza, tierno niño, a tu madre, que diez meses por ti sufrió de expectación ansiosa; niñito, empieza: al niño que no sabe sonreír a su madre no le brindan ni un dios la mesa ni una diosa el lecho.»

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