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La historia de amor de Balduino y Fabiola de Bélgica: una monja casamentera, un vestido de Balenciaga, una polémica tiara y una promesa de despedida

Balduino de Bélgica y Fabiola de Mora y Aragón se casaron el 15 de diciembre de 1960, rodeados del fervor popular y el aplauso de sus respectivos gobiernos.

POR RAQUEL PIÑEIRO25 DE DICIEMBRE DE 2021

Fotografía de la boda del rey Balduino y Fabiola de Blgica en la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula en Bruselas...
Fotografía de la boda del rey Balduino y Fabiola de Bélgica en la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula en Bruselas, Diciembre de 1960© CENTRAL PRESS. GETTY IMAGES

Eran perfectos el uno para el otro: serios, formales e intensamente religiosos, tanto que él había deseado hacerse sacerdote y ella se planteó meterse a monja. Balduino de Bélgica y Fabiola de Mora y Aragón se casaron el 15 de diciembre de 1960, rodeados del fervor popular y el aplauso de sus respectivos gobiernos, que quisieron aprovechar aquella historia para su provecho. En su historia hubo rumores escandalosos, se notaron los avatares del agitado siglo XX, apareció una monja casamentera y sí, también estuvo presente el amor.

Cuando en septiembre de 1960 se anunció, de la noche a la mañana, que el rey de los belgas iba a casarse con una mujer noble española, el país levitó. De los monárquicos al pueblo llano, pasando por los poderes vinculados al régimen franquista, todos se embarcaron de forma consciente o no en la “Operación Fabiola”. Desconocida hasta entonces más allá de un reducido círculo social, a Fabiola se le dedicaron múltiples reportajes por ser “la llamada a tan alto destino». Revistas y folletines se hicieron eco en España de la –en teoría- romántica historia, dejando claro en sus títulos el tono cenicientesco utilizado. Eran publicaciones que se vendían a puñados, como “Fabiola: una española en el trono de los belgas”“Balduino y Fabiola: un romance moderno de amor” o “Romance de la reina Fabiola”, en un guiño medievalesco y folclórico. En aquella relación meteórica convergían tantos elementos propios de la época que resulta imposible no hacer análisis sociológicos: está el rey que lleva diez años en el trono, soltero, medio huérfano y algo tristón, en un momento en el que Bélgica perdía ese Congo que de forma tan infame había explotado y arrasado uno de sus antecesores en la corona, y la española que venía a alegrar su vida y aliviar sus responsabilidades. Todo esto en un momento en el que España empezaba a abrirse al mundo tras duros años de autarquía, importando turistas y exportando mano de obra barata que iba a servir en casas o trabajar en fábricas en Europa.PUBLICIDAD

El gobierno de Franco intentó arrimar el ascua a su sardina y aprovechar la ocasión para legitimizar la dictadura ante el mundo. Sobre esto investiga Anne Morelli en su libro Fabiola, Un peón en el tablero de Franco. Desde el principio, hubo dudas sobre si aquello se trataba de un moderno cuento de hadas entre dos personas destinadas a encontrarse o la operación diplomática y de imagen de una dictadura que empezaba a salir del aislamiento internacional –la visita de Eisenhower tuvo lugar en el 59-. Puede que fuera un poco de ambas cosas. Desde España, se presentó a Fabiola como la depuración de la española perfecta según la moral del momento: de buena cuna, religiosa hasta la beatería, educadísima, agradable y correcta, una mujer como Dios manda. De forma menos halagüeña, la americana revista Time la describía como una Cenicienta, “una mujer joven atractiva, aunque sin una belleza deslumbrante… la chica que no podía atrapar a un hombre”.

Era una forma de verlo. Cuando se anunció su compromiso, Fabiola tenía 32 años, una edad en la que se consideraba que las mujeres de su época que no estaban casadas se habían quedado ya para vestir santos; esto algo literal en su caso, porque era tan creyente, tan fervorosa católica, que hasta se había planteado durante una temporada meterse a monja. No llegó a hacerlo y, en aquel momento de su vida, Fabiola se dedicaba, como se supone que debía hacer toda mujer de su clase, a la caridad, la sociedad y la vida familiar. Y su clase era una muy concreta y determinada: la aristocracia de la España del franquismo.

Fabiola Fernanda María de las Victorias Antonia Adelaida de Mora y Aragón había nacido en el palacete familiar del número 5 de la calle Zurbano, que en la actualidad pertenece al Ministerio de Fomento. Sus padres, los marqueses de Casa Riera, criaron allí a sus hijos Gonzalo, Neva, Annie, Alejandro, Jaime, Fabiola y María Luz. Su vida estaba llena de comodidades y privilegios, desde un precioso jardín en casa en el que su madre iba enterrando a las mascotas familiares a los veraneos en Zarautz, mientras iba desarrollando afición por la pintura y la música. En su libro Nacida para reina: Fabiola, una española en la corte de los belgas, Fermín J. Urbiola retrata a una niña poseedora de todas las virtudes posibles o, al menos, las que se consideran positivas en una mujer, que tenían que ver con ser muy discreta y obediente, nunca llamar la atención ni querer destacar sobre los demás. Y apunta que en su familia, desde pequeña la llamaban “la reina” o, después sus sobrinos, “tía Queen”.

El rey y la reina de Blgica en la celebración de los veinticinco años de la llegada de Balduino al trono en 1976.
El rey y la reina de Bélgica en la celebración de los veinticinco años de la llegada de Balduino al trono en 1976.  GETTY IMAGES

Monárquicos acérrimos, cuando se proclamó la República, los Mora y Aragón partieron al exilio junto al rey Alfonso XIII –que frecuentaba el hogar de la calle Zurbano para jugar al bridge-. Se instalaron en Biarritz a la espera de que los reyes regularizasen su situación, pero como pronto quedó claro que Alfonso XIII y Victoria Eugenia habían aprovechado la coyuntura para romper un matrimonio que hacía años que lo era solo de nombre, y la República contó enseguida con el respaldo internacional, la familia regresó a su casa. Otro cantar ocurrió en julio del 36, el día del golpe de estado e inicio de la Guerra Civil. Como era verano, la familia estaba de vacaciones; el golpe pilló a los marqueses en París con sus hijos Jaime y María Luz, y al resto de los chicos en Zarautz. Cuando, en 1960, el primer ministro belga anunció el compromiso del rey en el Consejo de ministros, se apresuró a aclarar que la familia de Fabiola no había estado implicada en la guerra civil. No era del todo cierto: los Mora pasaron a ser partidarios del bando franquista por el odio común a la República (aunque Franco nunca llegó a restaurarla tras su victoria); de hecho Gonzalo, el hijo mayor, se unió a los nacionales pese a tener solo 17 años. En la confusión de aquellos primeros días del conflicto, la niñera alemana de la familia, Josefina Tragesser, consiguió embarcar hacia Biarritz con los hijos a su cargo. De ahí se asentarían en París, en la calle Artois, y después a Lausana, en Suiza, donde estaba instalada ya la reina Victoria Eugenia, madrina de Fabiola. Allí vivió y estudió la niña, lo que contribuyó a su conocimiento de cinco idiomas, a los que después se sumaría el holandés.https://b8386a47dc8152906c02626bd7648532.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.htmlLO MÁS VISTO

La familia regresó a Madrid en el 39, cuando Fabiola tenía 11 años. El palacete de Zurbano había sido durante la guerra la sede central de las mujeres revolucionarias, lideradas por la Pasionaria. El contraste no podría ser mayor y, tras los tres años de guerra, el lugar estaba en muy mal estado. El padre se dedicó a restaurarlo. Según recoge Fermín J. Urbiola, la pobreza y miseria del Madrid de la posguerra era evidente incluso para aquellos niños que eran los más afortunados de todos. También incluye el testimonio del ama de llaves de la familia, que diría sobre la Fabiola niña: “Se preocupaba mucho por nosotros; es decir, por la servidumbre. Nos preguntaba si habíamos merendado, si nos gustaba algo de su merienda… En fin, cosas que nos emocionaban”. De la Fabiola ya joven, otra persona del servicio comentaría: “Es retraída, muy seria, muy fija en su manera de ser… No es de las que un día hablan mucho y al otro día nada. Fabiola es siempre igual. No es coqueta, es femenina”.

La joven estudió enfermería e hizo las prácticas en el hospital militar Gómez Ulla. No llegó a ejercer. Se relacionaba con gente de la alta sociedad, visitaba enfermos, hacía obras de caridad… y según el testimonio de una de sus sobrinas, recogido por Fermín J. Urbiola, Fabiola pasaba muchísimo tiempo con sus sobrinos –tenía a porrillo; su hermano mayor Gonzalo, por ejemplo, tuvo catorce hijos-, llevándolos por Madrid a bordo del Quinientos que conducía: “Lo pasábamos bomba. Era encantadora, animadísima. Para nosotros era no solo la tía Queen, era la tía diez. Nos hacía miles de planes”. De aquella época data la publicación, en el 55, de Los doce cuentos maravillosos, escritos en primer momento para sus sobrinos y que tras la boda serían reeditados y traducidos con gran éxito al neerlandés. El periodista Jaime Peñafiel, que estaba iniciando su carrera, la despacha hoy como “una mujer sin relieve, dedicada a sus obras de caridad y sus cuentecitos”. En aquel momento, el monárquico José María Pemán escribía sobre este detalle con el estilo propio de la época: “Yo creo que ni Balduino ni Fabiola han pretendido escribir ningún cuento. Están intentando escribir historia. La difícil y equilibrada historia de una institución secular tal y como puede sacarla al prado soleado, después de atravesar mucho bosque oscuro, este Rey de mil novecientos sesenta”.

La reina Fabiola a la llegada de la boda del rey Felipe VI y la reina Letizia en Madrid.
La reina Fabiola a la llegada de la boda del rey Felipe VI y la reina Letizia en Madrid.  © TIM GRAHAM. GETTY IMAGES

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Había en efecto, abundante bosque oscuro en la historia de las monarquías europeas a la altura de 1960 en general, y en la belga en particular. La vida de Balduino había estado marcada por la tragedia desde que en 1935, cuando él solo tenía 5 años, murió su madre en un accidente de automóvil. Astrid de Suecia, esposa del rey Leopoldo III, era una reina popularísima y querida cuyo temprano fallecimiento dotó de un aire de leyenda. Solo hacía un año que Leopoldo era rey, y además, él conducía el coche cuando se produjo el accidente en el que fallecería su esposa. Balduino, animado por la corte, desplazó esa ausencia en amor por la virgen María, a la que se refería como “mi mamá del cielo”. Fue el inicio de su encendida religiosidad.

Como tanta gente de su generación, la vida de Balduino fue tocada de forma absoluta por la Segunda Guerra Mundial. Cuando los nazis invadieron Bélgica, el gobierno partió a Londres a organizar la resistencia, pero el rey se negó a hacerlo; permaneció en su palacio y pasó a ser prisionero de guerra de los nazis. Una decisión que le costaría cara sobre todo si se comparaba con la de los otros monarcas de la Benelux, los de Luxemburgo y Países bajos, que fueron al exilio en el Reino Unido y se declaraban absolutos enemigos de Hitler. La posición de Leopoldo era más tibia, y pronto sería etiquetado como colaboracionista en el mejor de los casos, y de traidor en el peor. Contribuyó mucho a esto que el concepto de ser “prisionero” de los nazis para el rey no pasaba al parecer por grandes privaciones. De hecho, en aquellos primeros meses de la ocupación, Leopoldo III recibió la visita de Henri Baels, que había sido destituido de su cargo de gobernador de Flandes occidental porque sus ministros le reprocharon haber estado ausente durante la invasión alemana, en mayo de 1940. Acudió a justificarse ante el rey acompañado de su hija Lilian, una joven morena de gran belleza y atractivo; Leopoldo le perdonó y enseguida empezó a invitar a Lilian con asiduidad a palacio, con eróticos resultados.

Tan eróticos que Lilian se quedó embarazada y la pareja tuvo que casarse el 6 de diciembre del 41. El pueblo belga, invadido, sufriendo privaciones, no encontró que esta boda fuese muy ejemplar: un monarca que se casaba con una mujer quince años menor que él y, además, flamenca (lo que indignaba a la población valona en una sociedad siempre tan dividida como la belga). Parecía faltar al recuerdo de la llorada reina Astrid y en fin, faltarles al respeto a los propios belgas. Lilian pasó a ser el chivo expiatorio de quienes no querían atacar al rey de forma directa pero sí buscar un villano en una situación tan complicada. En el acervo popular se convirtió en una trepa nieta de pescadores que había seducido al monarca con malas artes. Lilian no llegó a obtener nunca el título de reina, el rey solo se atrevió a darle el de princesa de Réthy, pero el pueblo prefirió llamarla “Lady bacalao”. Sin embargo, el matrimonio fue feliz y Leopoldo diría que le había salvado de una depresión. Sus hijos, Josefina, Balduino y Alberto, aceptaron plenamente a Lilian, la llamaron “maman” y recibieron con alegría a su nuevo hermano, Alejandro, al que años después seguirían María Cristina y María Esmeralda.

La formación y el carácter de Balduino se vio afectada por el fin de la guerra; en el 44 los alemanes deportaron a la familia real primero a Alemania y luego a Austria. Cuando el país fue liberado, se desencadenó la cuestión real, un debate abierto en el país que no podía perdonar a su monarca y se preguntaba si debía volver a ser el rey de los belgas. Mientras su hermano Carlos ejercía la regencia y se resolvía la cuestión, Leopoldo III y sus hijos se instalaron en Suiza. Balduino era un joven serio, reconcentrado cuando no tristón, que no tenía amigos de su edad –pese a estudiar en Le Rosey, “el colegio de los reyes”- y parecía encontrar solo consuelo en su fe. Si es cierto que en algún momento se planteó tomar los hábitos, pronto le quedó claro que sus responsabilidades iban por otro lado. El 12 de marzo de 1950 se celebró en Bélgica un referéndum en el que la pregunta era: “¿Está usted de acuerdo con que el rey Leopoldo vuelva a asumir el ejercicio de sus poderes constitucionales?”. La campaña fue furibunda. Entre los partidarios del “no”, se distribuyeron carteles de “stop Baels” y posters en los que se veían a la mujer jugando al golf delante de prisioneros belgas en un campo de concentración. De nuevo, Lilian aparecía como la villana principal. Al final, ganó el sí con un 57%, pero el margen era muy estrecho y, además, se le había votado mucho más en Flandes que en Bruselas o Valonia. En medio de una virulenta crisis, a Leopoldo se le dio una solución: tenía que abdicar. Así se lo dejaron claro: “Sire, vuestro hijo es nuestro rey”. Ni Leopoldo tenía ganas de hacerlo ni probablemente Balduino, de 20 años, tenía muchas ganas de ser rey, pero para evitar una dimisión en cadena del gobierno, acabó aceptando. Su tío Carlos seguía siendo el regente hasta que Balduino cumpliese 21 años, en el 51, y llegase a ser un monarca joven, inexperto y muy influenciado por su familia, ya que su padre y Lilian, y sus hermanos, se instalaron con él en el palacio real de Laeken.

Pese a su aire sombrío, pronto empezaron a atribuírsele multitud de romances al joven rey, que antes o después tendría que casarse. Aquí la historia se mezcla con los rumores malintencionados, o no. Siempre se dijo que Lilian Baels, princesa de Rhety, tenía una gran ascendencia sobre su hijastro, tanta que incluso en su primer discurso como rey Balduino quiso hacer mención a ella y hubo que desaconsejárselo vivamente, por su impopularidad. “Tuvo una influencia nefasta sobre él”, escribía su jefe de gabinete Hubert Verwilghem. “Ejercía una especie de fascinación. El rey sufrió por el dominio exagerado que la princesa de Rhety ejercía sobre él”. En 2019 se publicaron fragmentos de los diarios del primer ministro Achille van Acke en los que aseguraba que la relación entre madrastra e hijastro, con sus 14 años de diferencia, podía haber sido algo más que maternal. Los rumores de que habían tenido un romance secreto venían de muchos años atrás, pero ahora podían confirmarse: “Usaban el mismo compartimento de tren con literas en un viaje al Tirol”, aseguraban los informadores, que afirmaban también que la pareja se decía frase como “¡soy tuya!”, o “nunca te dejaré”.LO MÁS VISTO

Preguntado sobre este tema, el inefable Peñafiel recordaba que en efecto Lilian había sentido un gran afecto por su hijastro y que, para ayudarle a superar sus complejos, “le aconsejó que se sometiera a cirugía estética”, pero reconocía no “tener claro hasta dónde llegaron”. En declaraciones a París Match, la princesa Esmeralda, hija de Lilian y Leopoldo, le restaba importancia a todo esto diciendo que las supuestas declaraciones de amor eran de una llamada en la que no se sabía quiénes estaban hablando, y que compartir un coche dormitorio “lo hemos hecho a menudo con familiares o amigos”. “Este rumor surgió hace unos veinte años y mi madre comentó en aquella ocasión: “¡No me han perdonado!” ¡Es realmente la acusación más vergonzosa e injusta! Estaba tan herida por el amor y la lealtad que sentía por mi padre que te lo puedes imaginar”.

Fuera cierto el escandaloso rumor o no, la sombra familiar pendía sobre el joven rey. Así se lo había dicho su abuela, Isabel: “Solo serás Balduino, y no el hijo de Leopoldo III, cuando te cases”. Tras diez años de reinado, tocaba ya formalizar su vida privada y asegurar la descendencia al trono. Entonces, el 17 de septiembre de 1960, se anunció que el rey se había comprometido con la española Fabiola de Mora y Aragón. La noticia pilló por sorpresa a la opinión pública de ambos países e incluso a los más cercanos a los implicados. Nunca se aclaró dónde se habían conocido ni en qué circunstancias.

La historia del encuentro entre Balduino y Fabiola se ha contado de formas distintas, algunas más novelescas y dejando vía libre a la imaginación. Una, asegura que coincidieron siendo muy jóvenes en San Sebastián o en Barcelona; otros, que fue un encuentro auspiciado por la reina en el exilio Victoria Eugenia, en su palacete de Vieille Fontaine, en Lausana. Otra versión introduce un elemento típico de estas historias: la amiga que va a ligar y sale escaldada por elegir mal a sus compañías. En este caso, la tercera en liza era la infanta Pilar de Borbón, hermana del rey emérito Juan Carlos, que se consideraba una de las posibles candidatas a esposa del rey Balduino de Bélgica. Doña Pilar eligió como la obligada acompañante para aquel encuentro a Fabiola, algunos dicen con cierta malevolencia que porque con su falta de atractivo físico y su edad –era seis años mayor que ella- no sería competencia; otros aducen que por ser una joven de probada seriedad y discreción. El caso es que Pilar y Balduino no hicieron ningunas migas; ella le encontró muy soso; él, demasiado “borbona”, pero resultó que con quién sí encajaba a la perfección era con la recta y religiosa Fabiola. De ahí comenzó un cortejo insistente en el que Balduino tuvo que declararse varias veces hasta que ella aceptó la responsabilidad de ser la esposa de un rey, y el resto es historia.

En 1963 el rey y la reina llegando a la embajada belga para un banquete de estado.
En 1963, el rey y la reina llegando a la embajada belga para un banquete de estado. © FOX PHOTOS. GETTY IMAGES

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Claro que más visos de realidad tiene la versión que ofrece, entre otros, Robert Serrou en su biografía del monarca Balduino, el rey. El encuentro que él relata se produjo en circunstancias menos casuales, bastante más pragmáticas, e implicó la presencia de una casamentera en la figura de una monja. Balduino era consciente de que tenía que casarse, pero ninguna de las princesas del catálogo europeo le convencía. Quería una joven que fuese católica, como él, y se había formado la idea de que una española, por la rigidez y seriedad de su educación, sería perfecta para el puesto. Además, había pasado vacaciones en el país y le encantaba. Entonces oyó hablar a monseñor Suenens, obispo auxiliar de Bélgica y pronto su confesor, de la monja irlandesa Verónica O’Brien, impulsora en el país de la legión de María. Intrigado por esa personalidad dinámica y enérgica que le describió Suenens, el rey quiso conocer a Verónica. Nerviosa por el encuentro, la monja, al volante de su coche, se perdió por el camino a Laeken, llegó tarde y, saltándose el protocolo, se refirió al monarca como “Mister King”. A Balduino le cayó en gracia y en aquel primer encuentro se pasaron cinco horas hablando. Se conoce que a ella le confió sus anhelos y deseos, porque en abril de 1960 Verónica se ofreció a emprender “una misión” secreta: encontrarle una esposa. Y él aceptó. Tan secreto era todo, que se pusieron hasta nombres en clave para evitar que alguien se diese cuenta de lo que estaban planeando: Suenens fue bautizado como “Michel”, Balduino como “Luigi” y Verónica como “Grace”.

Así que Verónica partió rumbo a España, decidida a encontrar una futura reina de Bélgica. ¿Cómo se encuentra una joven católica, de buena familia, capacitada para ser reina y que además le guste a Balduino? Verónica lo tuvo claro: recurrió a la directora de una importante escuela femenina de Madrid. La directora lo tuvo todavía más claro: le habló de su ex alumna Fabiola de Mora, un dechado de virtudes idónea para el puesto. Se arregló el encuentro, y Verónica quedó cautivada. En su carta desde Madrid al rey, se refiere a la joven Fabiola con el apropiado nombre en clave de “Ávila”, y su relato, recogido por Serrou, no puede ser más entusiasta: “¿Cómo empezar? ¿Cómo se empieza a contar una historia loca, la cual se va haciendo cada vez más loca conforme pasan los días… y estamos solo en el primer capítulo?”. Continúa relatando que junto a la directora, acudieron a encontrarse con Fabiola en su casa: “Piso muy moderno, muy bonito, arreglado recientemente y cuadros magníficos y de gran valor. Una encantadora muchacha de servicio nos dice que Ávila llegará con un poco de retraso, pero que llegará. Se abre la puerta, Ávila se acerca y fue como una bocanada de aire fresco. Alta, delgada, bien formada, llena de atractivo y viveza, rebosante de vida, inteligencia y energía. En ese mismo momento, algo en mí me dijo: “Es ella”.LO MÁS VISTO

Fabiola no se creía del todo a esa monja tan dispuesta, y tuvo que intervenir el nuncio apostólico para asegurarle que sí, que ese plan en apariencia descabellado era cierto. Tampoco creía ser digna del puesto, y al parecer esgrimió los nombres de varias princesas que estarían mucho mejor preparadas que ella, pero al final cedió y se organizó un encuentro en Bruselas entre Ávila/Fabiola, acompañada por uno de sus hermanos, y Luigi/el rey. Ocurrió en el piso de Verónica en la calle Suisse. Allí quedó demostrado que tanto la monja como la directora del colegio habían tenido bueno ojo, y que ahí había una mezcla de historia de amor en ciernes, de conveniencia y de responsabilidad mutua en la que era imposible separar los elementos, y de la que todos saldrían beneficiados. Como eran dos personas de un catolicismo tan intenso, eligieron para su segundo encuentro el insólito escenario del santuario de Lourdes, en julio de 1960. El relato que hace Balduino en sus cartas es una armónica mezcla de romanticismo y religiosidad: “Es muy reflexiva y perspicaz, la amo cada vez más. Lo que más me gusta de ella es su humildad, su confianza en la Santísima Virgen y su transparencia. Gracias por habérmela traído. Soy incapaz de repetir las numerosas y buenas conversaciones que nos llevaban siempre al atardecer y terminábamos el día ante la Gruta rezando el rosario. Durante la celebración de la misa me siento verdaderamente impulsado a decir que la amo y desearía escribírselo en el misal. Era demasiado bello. Yo tenía ganas de llorar de alegría y de agradecimiento a nuestra madre del cielo, que había hecho un nuevo milagro”.

Puede que aquella relación tuviese más que ver con los matrimonios concertados al estilo principesco clásico que con los flechazos o el discurrir “normal” de una pareja que consideramos hoy, pero funcionó, y Luigi y Ávila se enamoraron y decidieron casarse. El 8 de julio de 1960, al salir de misa en Lourdes, Fabiola aceptó la propuesta de matrimonio de Balduino: “Esta vez es sí y ya no me volveré a echar atrás”. Un mes después, el 15 de agosto, aprovechando que toda la familia estaba reunida en Zarautz, Fabiola anunció durante una sesión de fotos: “Esta es mi última foto de soltera. El nombre de mi prometido es Balduino. Es el rey de los belgas”. Una de las sobrinas contó a Urbiola sobre su querida tía que “cuando me enteré de la boda y de que, además, se iba a la otra punta del mundo, porque además Bruselas entonces no estaba tan cerca como hoy, me llevé un chasco morrocotudo”.

En septiembre, Fabiola viajó en coche acompañada de su madre y su hermano hasta Ciergnon, la residencia de verano de la familia real belga. En dos meses se organizó el matrimonio real más importante desde la boda de la entonces princesa Isabel de Inglaterra. La fecha elegida fue el 15 de diciembre de 1960. Para la ocasión, se reunieron en Bruselas 1.300 invitados, con profusión de testas coronadas y por coronar, como la de don Juan Carlos, futuro rey de España, que acudió acompañado de Cayetana de Alba. Todos pudieron admirar de cerca el vestido de novia, con una tira de visón por el escote y la capa, diseñado por Cristóbal Balenciaga. Cuando le había presentado algunos diseños a la novia, ella los había rechazado por ser “demasiado regios”. “Tenga en cuenta que ha de llevarlos una reina”, fue la respuesta prudente del modisto. La noche de antes, en la fiesta previa, Fabiola había lucido una tiara regalada por Carmen Polo, con rubíes y esmeraldas intercambiables. Esta pieza protagonizaría su propio anecdotario cuando se dijo que se trataba de una pieza falsa, cuyos piedras preciosas no eran más que pedrería. La joya había sido comprada en un anticuario por cinco millones de pesetas –pagados por el estado-, y nunca quedó claro si el anticuario había sido timado, lo había sido Carmen Polo o lo había sido Fabiola. Ha sido muy repetido el “de la corona nunca más se supo”, por los cronistas, aunque en el blog Mis joyas reales niegan este rumor, señalando que, al contrario, fue una de las joyas que con más frecuencia lució Fabiola, ya reina.

Detalle de la boda de los reyes belgas con vestido de novia de Cristobal Balenciaga.
Detalle de la boda de los reyes belgas con vestido de novia de Cristobal Balenciaga. © STRINGER. GETTY IMAGES

Pero si de joyas falsas que pueden ser verdaderas y engaños varios se habla, hay que mencionar la ausencia más notoria de la ceremonia. De un modo muy típico español, Fabiola tenía un verso suelto en su familia en forma de hermano viva la virgen, caradura y liante: Jaime de Mora y Aragón. En su libro Anécdotas de oro, Jaime Peñafiel escribe que “el Régimen consideró que don Jaime de Mora, el simpático hermano de la futura reina de los belgas, de polémica biografía, estaba perjudicando la “Operación Fabiola”. El periodista escribe que dejaron aparte de forma indigna a don Jaime tratándole como un apestado… para a continuación relatar que el motivo para negar su presencia en la boda era que había vendido los diarios de su hermana, precisamente a él y a Jesús Hermida. “El inefable don Jaime de Mora decidió abrirnos el palacio (de Zurbano) a Hermida y a mí, no sin antes recibir de nuestras manos una pequeña cantidad de dinero del que siempre andaba escaso”. Se denunció la desaparición del diario, y Jesús y Jaime Peñafiel acabaron devolviéndolo en mano, en el despacho del ministro de Gobernación don Camilo Alonso Vega. A raíz de esto, con cierta lógica, se hizo saber que “Jimmy” no sería bien recibido en el enlace; no así Jaime Peñafiel, que acabó acudiendo como corresponsal. Como escribe el periodista, “el pobre Jaime se consoló interpretando al piano –era un gran pianista- en una boite de la Avenida de América de Madrid, todas las noches, a las doce y con guantes, un vals dedicado “a la primera emigrante española en Bélgica”.

No le faltaban espectadores al hermano pródigo. Para la ocasión, España echó el resto. Televisión Española contactó con Eurovisión en su primera retransmisión europea (unos meses después, en el 61, el país participaba por primera vez en el festival de la canción), y se vendieron miles de televisores en un país en el que el electrodoméstico apenas empezaba a implantarse. Los medios de comunicación, controlados por el franquismo, se volcaron en cantar las alabanzas de Fabiola, y medio país se paralizó durante las cuatro horas que duró la retransmisión del evento. Los que no tenían tele en casa –la inmensa mayoría- acudieron a casas de vecinos o a tiendas para no perderse el evento. El poder del cuento de hadas hecho realidad seguía arrasando entre las masas. Incluso en Ha llegado un ángel, la película de Marisol, la familia de postín venida a menos que encarnan sus tíos quedan para comentar la boda de Fabiola. En pleno furor informativo, los periodistas de la agencia EFE montaron incluso un laboratorio de revelado fotográfico en un avión, para no perder el tiempo y que las imágenes pudiesen publicarse en prensa cuanto antes. Pero la boda no fue solo un arma propagandística para España. En Bélgica, con el ánimo muy alicaído tras la recientísima independencia del Congo, la boda fue una ocasión para entretener y divertir a la población, dándoles algo con que fantasear, una ilusión. Aunque no faltó quién hiciese referencia a Felipe II, a las guerras de Flandes y la dictadura de Franco, en general Fabiola cayó en gracia a los belgas, que volvían a tener una reina –Lilian nunca lo había sido- tras la desaparición de Astrid

Anne Morelli recuerda que si bien la boda y el matrimonio no sirvieron para que la dictadura cambiase su imagen ante el mundo –o más bien formó una pequeña parte de una compleja mezcla de elementos que pasaban por ser enemiga del comunismo y abrirse al dinero y los turistas extranjeros-, desde luego Fabiola y Balduino tuvieron una relación con Franco más allá de lo diplomático, que en Bélgica trató de ocultarse. Le visitaron a menudo, almorzaron en el Azor, se escribieron cartas en las que el rey firmaba como “tu devoto Balduino” y, en general, ponían muy nervioso al gobierno belga, sobre todo al ala más de izquierdas y a los republicanos. Lo cierto es que Fabiola y Balduino visitaron a menudo España, empezando por su luna de miel, coherente con su forma de entender la vida: volaron a Sevilla y se instalaron en San Calixto, una finca en Córdoba, en Hornachuelos, propiedad de Julio Muñoz, marqués de Salinas, donde había un convento de Carmelitas Descalzas que poseía la tranquilidad y espiritualidad que ellos buscaban. Según escribe Gerard Castillo, a su regreso al palacio de Laeken se encontraron con que Leopoldo y Lillian se habían llevado el mobiliario a su palacio de Argenteuil, su nueva residencia. Las relaciones entre ambos matrimonios no volvieron a ser muy cordiales.

Los cuentos de hadas terminan con la boda, pero la vida de Fabiola y Balduino apenas estaba empezando. Según todos los testimonios, su amor perduró durante décadas, pese a que no tuvieron suerte en el principal cometido que deben tener unos reyes: continuar con la línea dinástica. A los seis meses de su boda, la pareja visitó al Papa Juan XXIII en Roma, y se supo que ella estaba embarazada. Pero tres semanas después se emitió un comunicado que aseguraba “contrariamente a lo que esperábamos, ya no se espera un feliz acontecimiento en el palacio de Laeken en un futuro próximo”. Cuando la reina se quedó embarazada de nuevo, en el 62, consultó a un ginecólogo suizo que le anunció que “debido a un defecto fisiológico, solo tiene un 10% de posibilidades de llevar un embarazo a término, y un 5% de sobrevivir al nacimiento”. El embarazo terminó de nuevo en un aborto involuntario. En septiembre del 63, durante sus vacaciones en Zarautz, Fabiola sufrió un tercer aborto. Se anunció que la reina se encontraba bien de salud, pero deprimida. En el año 66 Fabiola se quedó embarazada por cuarta vez, pero tuvo que sometérsela a una cirugía porque al ser un embarazo extrauterino, el bebé había muerto. Todavía en el 68 Fabiola, a los cuarenta años, se quedó embarazada por quinta vez; se había sometido a una operación para poder tener hijos, pero no tuvo éxito. Después de este quinto aborto, la pareja se resignó a que nunca serían padres. El rey contaría sobre esto: “Nos hemos preguntado por el sentido de este sufrimiento. Poco a poco hemos ido comprendiendo que nuestro corazón estaba así más libre para amar a todos los niños, absolutamente a todos”. Muchos años después, la propia Fabiola confesaría en una entrevista: “Perdí cinco niños, pero he aprendido a vivir con ello. Por el contrario, se aprende de esa experiencia. Tuve problemas con cada embarazo pero al fin seguía pensando que la vida es hermosa”.LO MÁS VISTO

Pronto quedó claro que como no tendrían descendencia, la corona pasaría a Alberto o, en su defecto, y como tal vez hubiesen preferido los propios reyes, a su hijo mayor, Felipe. Igual que Fabiola tenía a Jaime de Mora como hermano canallita y auto reconocida oveja negra de la familia, Balduino tenía a Alberto, en un nivel más suave. Alberto se había casado en el 59 con la italiana Paola Ruffo di Calabria, la “princesa minifaldera”, católica también, como debía de ser. El matrimonio estuvo marcado por las infidelidades mutuas y los escándalos después del nacimiento de sus hijos Felipe y Astrid, según escribe César Andrés Baciero, “Alberto ya presumía de una importante colección de amantes y cuando lo hizo el tercero, Lorenzo, en 1963, Paola quiso volar lejos de los muros del castillo, pero la palabra divorcio estaba prohibida en la corte belga”. La larga relación -18 años- de Alberto con Sybille Selys Longchamps dio un resultado que no podía ocultarse, Delphine Boël al principio no reconocida y legitimada después. Por su parte, Paola, ya “la princesa rebelde”, fue fotografiada en Cerdeña abrazada al conde Albert Adrien de Munt. Cuando el cantante Adamo le dedicó el romántico tema Dolce Paola en el 65, le infidelidad pasó a ser vox populi. La pareja hacía vidas separadas, y fueron Fabiola y Balduino los que se encargaron de proteger y educar a sus sobrinos y hasta de ejercer de figuras paternas sobre todo para Felipe.

Juntos, vivía en Laeken, caracterizados por la austeridad y convertidos en una especie de faros morales del país. En 1990 fue muy debatido que Balduino, por sus convicciones religiosas, renunciase de forma temporal a sus poderes para no tener que firmar la ley de despenalización del aborto acogiéndose a la libertad de conciencia. Fue una de las pocas ocasiones en las que dieron que hablar pues, pese a todo, estuvieron siempre muy protegidos. El otro escándalo reseñable ocurrió mucho más recientemente, en 2013, cuando se supo que Fabiola había creado una fundación, Fons Pereos, para evitar que su herencia pasase por hacienda y poder legársela de forma íntegra a sus herederos. Tras la indignación suscitada, Fabiola anunció que renunciaba a la fundación. Para entonces, era ya una de las reinas viudas de Europa. Poco después, ese mismo año 2013, su sobrino Felipe se convertía en rey tras la abdicación de su padre, Alberto. Muchos pensaron que Alberto no llegaría a ser rey nunca, que la corona pasaría directamente a Felipe, pero al final, reinó durante 20 años como Alberto II. Balduino murió el 31 de julio del 93, en Motril. Desde los 60, Balduino y Fabiola establecieron su residencia de verano en la costa malagueña, en una casa bautizada como Villa Astrida. El rey falleció de una crisis cardíaca, sentado en un sillón en la terraza. En Villa Astrida estaban Fabiola y sus perros teckels, Miko y Toffic.

La imagen de Fabiola en el funeral por su marido, el único amor de su vida, llamaba la atención. Rodeada de esos sobrinos a los que había querido como hijos, vestidos de negro, ella iba con un traje de blanco, porque Balduino, en vida, le había hecho prometer que si él moría antes, ella no llevaría el negro como luto. Sobre el féretro, un ramo de rosas blancas con un mensaje: “A mi corazón, Fabiola”.

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